Mons. Óscar Romero

Monseñor Óscar Arnulfo Romero, Pastor, Profeta, Mártir y Santo, nació en El Salvador el 15 de agosto de 1917. Fue ordenado sacerdote en Roma en 1942 y en febrero de 1977 fue nombrado arzobispo de San Salvador. Óscar Romero proclamó con pasión el plan de vida de Dios para su pueblo, denunció valientemente los atropellos e injusticias y consoló, como padre y pastor, a las víctimas, reconociendo en ellas el rostro sufriente de Cristo.

Hombre humilde, sencillo, atento siempre a la voz del Espíritu e identificado con Jesús y su proyecto del Reino, con una fe inquebrantable en el Dios de la vida en medio de una situación de persecución y muerte. Frente a la cruel represión de las fuerzas armadas y oligárquicas, optó por la defensa de los derechos humanos al lado de los pobres y de las víctimas.

El 24 de marzo de 1980, mientras celebraba la Eucaristía, en el momento de elevar el cáliz, una bala certera acabó con su vida. Su sangre se unió a la sangre de Cristo y su cuerpo roto al del Crucificado y a los crucificados de su pueblo. Fue consciente de que así acabaría su vida, asesinado por ser fiel al proyecto de Dios, como Jesús, quien también fue asesinado por los poderes establecidos de su tiempo.

El 24 de marzo de 1980, mientras celebraba la Eucaristía, en el momento de elevar el cáliz, una bala certera acabó con su vida. Su sangre se unió a la sangre de Cristo y su cuerpo roto al del Crucificado y a los crucificados de su pueblo. Fue consciente de que así acabaría su vida, asesinado por ser fiel al proyecto de Dios, como Jesús, quien también fue asesinado por los poderes establecidos de su tiempo.

“Como Pastor, estoy obligado, por mandato divino, a dar la vida por aquellos que amo, que son todos los salvadoreños incluso a aquellos que vayan a asesinarme… Si me matan, resucitaré en el pueblo... que mi sangre sea semilla de libertad y la seńal de que la esperanza será pronto una realidad”.

Su canonización es una muestra de su resurrección. “Romero vive”, es el grito que brota del pueblo, no solo en El Salvador sino en toda América Latina y en la Iglesia universal.

Su delito fue defender el  derecho a la vida de los pobres frente a la poderosa clase oligárquica, insensible ante el hambre y dolor del pueblo y un gobierno que asesinaba y masacraba a humildes campesinos.

Monseñor Romero decía: “Una iglesia que no se une a los pobres para hablar en contra de las injusticias que se cometen contra ellos, no es verdadera iglesia de Jesucristo”.

Los poderosos creyeron que con matar al arzobispo Romero acabarían con su palabra, esa palabra que fue el consuelo y la esperanza del pueblo  salvadoreño. “Mi voz desaparecerá, pero mi palabra que es Cristo, quedará en los corazones que la hayan querido acoger”.  Su palabra tenía una fuerza irresistible. Era Dios quien hablaba a través de él.

Cuando predicaba en la Catedral se transformaba. En sus homilías afloraban los más hondos sentimientos de su corazón de pastor. “Estas homilías quieren ser la voz de este pueblo. Quieren ser la voz de los que no tienen voz…”.

Hoy, multitud de jóvenes en toda América Latina se entusiasman con su mensaje de fe y de compromiso en la defensa de los derechos humanos, de la justicia y la dignidad de todo ser humano.

Quienes pretendieron acallar su voz nunca se imaginaron que monseñor Romero resucitaría en el corazón de cada hombre y mujer comprometidos con el Evangelio de Jesús y por la construcción de una nueva humanidad  de justicia y fraternidad. Hoy, su palabra sigue siendo desafiante para la Iglesia y para toda la humanidad.

Los poderosos mataron al arzobispo Romero, pero resucitaron a un santo, San Romero de América, Pastor, Profeta y Mártir, símbolo del hombre y de la mujer nuevos.