A 46 años de su cruel asesinato
CARTA ABIERTA A LUIS ESPINAL
Estimado Lucho:
Han transcurrido 46 años de aquel episodio cruel, y sin embargo parece reciente. Recuerdo con nitidez esos días: después de salir del cine, unos desalmados te llevaron al matadero y, tras una tortura sádica y brutal, en la noche del 21 de marzo, trece balazos sellaron tu cuerpo. Con ello nos dejaste una certeza: que lo que predicaste también se cumplía: “la vida es para eso, para gastarla por los demás”.
Tú mismo estabas decidido a aceptar tu propia muerte, pero sin ribetes de heroísmo. Aceptaste morir por la causa del pueblo, como muere el pueblo: sin alardes, de la forma más sencilla.
Quienes vimos, leímos y seguimos tu testimonio en vida difícilmente podemos separar este momento que atraviesa el país de la fuerza de tus editoriales, tus comentarios de cine, tus homilías y tus Oraciones a quemarropa. Fueron eje y guía para señalar el camino del pueblo en sus luchas cotidianas.
Hoy quisiera encontrarte de nuevo en este escenario que vive tu pueblo: ese mismo que acompañó tu féretro al cementerio de La Paz, que lloró al despedirte, que recupera la memoria de tu palabra en cada romería a Achachicala y que, con oraciones y canciones, recuerda al hombre íntegro que nos enseñó a ver cine; al periodista que supo decir la verdad; al defensor inclaudicable de los derechos humanos y al sacerdote comprometido con la causa de los pobres hasta el final.
Hoy te hablaría de la desesperanza de ese mismo pueblo que, con el paso del tiempo, parece desilusionarse de aquello por lo que luchó en tu época. Te hablaría de quienes entregaron y vendieron la patria, de quienes la descuartizaron y pretendieron dividirla; pero también de una patria que aún se ilusiona con un futuro cargado de esperanza.
Me gustaría mostrarte a aquellos que tú conociste, que te dieron la mano y apostaron por una vida digna, que dijeron que nunca renunciarían a este desafío y que, lamentablemente, hoy vemos al otro lado de la acera, compartiendo el proyecto de los poderosos.
Son los rostros de la traición: disfrazados de corderos, esconden identidades falsas. Son los mismos “lobos” de siempre, los que ya nos anuncian que el verdadero cambio se ha esfumado o está cada vez más lejos.
También te mostraría a tu Iglesia. No a la que llamaste pueblo de Dios, con la que celebrabas en tu comunidad, en tu barrio de la Buenos Aires, recogiendo sus testimonios para ser su portavoz en las luchas del pueblo boliviano. Te mostraría, más bien, a una Iglesia de jerarcas, olvidada del Dios de los pobres; una Iglesia que en los últimos años se ha vuelto cómplice de los círculos de poder, que se alineó con los golpistas en 2019, muy cercana a las grandes logias del oriente que avasallan territorios indígenas, explotan y violan a jóvenes indígenas.
Hoy te escribo con profunda preocupación. Te transmito el dolor de un pueblo que reclama que tu palabra vuelva a hacerse oír con la fuerza de quien pone el dedo en la llaga sin temor. Necesitamos tu voz firme y radical, que señale sin rodeos a quienes mancillan la dignidad del pueblo y los nombre, como Jesús a los fariseos: “hipócritas, raza de víboras, sepulcros blanqueados”.
Hoy, después de 46 años, tus Oraciones a quemarropa resuenan con mayor fuerza. Hechos similares parecen repetirse en la historia reciente: el retrato social cotidiano no está lejos de verse, olerse y sentirse cuando muchos comparan aquella dictadura con los episodios actuales, con un gobierno indolente a la emergencia social.
Hoy, el pueblo que te conoció como periodista, hombre de cine, sacerdote y defensor de los derechos humanos te escribe con profunda preocupación y con el dolor por la sangre derramada de hermanos inocentes en los crueles episodios de octubre y noviembre de 2019, en Sacaba y Senkata.
Hoy, en lo personal, te pido que vuelvas a dejarnos las semillas de ese Espinal que conocí: para que brote la esperanza, para que germine una conciencia, para que podamos entregar con nuestro trabajo, lo que tu testimonio de vida nos enseñó “gastar la vida” hasta el final: “Y si un día nos toca dar la vida, lo haremos con la sencillez de quien cumple una tarea más”.
Tu hermano,
Gastón Núñez