En un mundo que parece correr a ciegas hacia el agotamiento de sus recursos, la figura de GelverZapata, líder del pueblo Arhuaco, emerge no solo como un representante indígena, sino como un portavoz de la Tierra misma. Desde la Sierra Nevada de Santa Marta —macizo que su pueblo considera el "Corazón del Mundo"—, Zapata trae un mensaje de urgencia y esperanza.
El Conflicto: Desarrollo vs. Equilibrio
Para el pueblo Arhuaco, la Sierra Nevada no es solo tierra; es un organismo vivo. Por ello, Zapata fue enfático al denunciar el extractivismo minero. Según el líder, estas prácticas, impulsadas a menudo por políticas estatales, son las responsables directas de la alteración de los ciclos naturales.
"El cambio climático se ha visto afectado por todas estas iniciativas que la mayoría salen de los gobiernos", afirmó, señalando la desconexión entre el progreso económico y la salud del ecosistema.
La "Ley de Origen": Una Constitución para la Vida
Zapata introdujo un concepto fundamental para entender su lucha: la Ley de Origen. Esta no es una ley escrita por hombres, sino un conjunto de mandatos ancestrales que dictan cómo los seres humanos deben relacionarse con la naturaleza.
Bajo esta visión, el líder propone una alianza sin precedentes:
Religiones como protectoras: Zapata hace un llamado a que iglesias y cultos reivindiquen su papel, no solo en la fe, sino en la custodia de los bienes naturales.
La Vida como Ciencia: Plantea que reconocer que "todo lo que existe tiene vida" es la ciencia más básica y necesaria que la humanidad debe reaprender hoy.
El Deber de los "Hermanos Mayores"
Los Arhuacos se consideran a sí mismos los "Hermanos Mayores", encargados de mantener el equilibrio del mundo a través de sus rituales y su cuidado del territorio. En su intervención, Zapata extiende esta responsabilidad a los "Hermanos Menores" (el resto de la humanidad), advirtiendo que la protección de la Sierra es, en última instancia, la protección de la vida global.
Una Deuda con el Universo
El mensaje final de Gelver Zapata es un recordatorio de la deuda moral que tenemos con el universo. El respeto por lo vivo no es una opción política, sino una necesidad existencial. En sus palabras, el trasfondo de cualquier religión o sistema de pensamiento debe ser, invariablemente, la protección de la naturaleza como el principio que nos da la vida.