Puente Quemado II: violencia, despojo y criminalización contra el pueblo Mbya Guaraní en Misiones

Enviado por COR Buenos Aires el Mié, 06/05/2026 - 15:28
Operativo policial
Autoría
Gerardo Duré - SICSAL Argentina

 

Un nuevo episodio de la disputa territorial en la Argentina profunda

 

La represión y el avance judicial contra la comunidad Mbya Guaraní de Puente Quemado II, en la provincia de Misiones, volvió a poner en escena uno de los conflictos más persistentes y silenciados de la Argentina contemporánea: la lucha de los pueblos originarios por el territorio frente al avance de intereses privados, forestales y extractivistas.

Lo ocurrido en los últimos días no puede ser leído como un hecho aislado ni como un simple procedimiento policial. La detención del mburuvicha Santiago Ramos y de otros integrantes de la comunidad, las denuncias de hostigamiento a mujeres y niños, el ingreso de fuerzas de seguridad al territorio comunitario y el traslado compulsivo de familias enteras a dependencias policiales forman parte de una dinámica histórica de disciplinamiento y criminalización hacia los pueblos indígenas.

Detrás del operativo aparece una pregunta central: ¿quién tiene derecho a habitar la tierra en la Argentina del siglo XXI?

La comunidad Mbya y el territorio ancestral

 

El pueblo Mbya Guaraní habita desde hace siglos el territorio que hoy comparten Argentina, Paraguay y Brasil. En Misiones sobreviven decenas de comunidades que mantienen una relación espiritual, cultural y económica con el monte nativo. Para el pueblo Mbya, la tierra no es una mercancía ni un bien inmobiliario: es parte de una trama sagrada donde conviven la memoria ancestral, la vida comunitaria y la espiritualidad.

Sin embargo, sobre esos mismos territorios avanzó durante décadas el modelo forestal y extractivista impulsado por grandes empresas madereras, propietarios privados y políticas estatales orientadas a la exportación de recursos naturales.

La expansión de monocultivos de pino y eucalipto modificó radicalmente el paisaje misionero. Grandes extensiones de monte nativo fueron reemplazadas por plantaciones industriales destinadas a la producción de pasta celulosa y madera. Ese proceso no sólo tuvo consecuencias ambientales devastadoras; también profundizó el desplazamiento de comunidades indígenas y campesinas.

Puente Quemado II se encuentra precisamente en una de esas zonas atravesadas por disputas territoriales históricas.

El operativo y las denuncias

 

Según denunciaron organizaciones indígenas, pastorales y de derechos humanos, el operativo realizado en la comunidad incluyó fuertes despliegues policiales, detenciones y situaciones de intimidación hacia las familias Mbya.

El Equipo Misiones de Pastoral Aborigen denunció que mujeres, hombres y niños fueron trasladados a la comisaría de Garuhapé, donde se produjeron interrogatorios sin intérpretes ni garantías adecuadas para personas cuya lengua principal muchas veces es el guaraní.

Las denuncias hablan de niños separados momentáneamente de sus madres, familias sometidas a situaciones de miedo y procedimientos realizados sin respetar protocolos internacionales de protección a pueblos originarios.

Diversos referentes sociales señalaron además que el operativo tuvo características desproporcionadas para un conflicto territorial y que se utilizó una lógica de seguridad y persecución en lugar de mecanismos de mediación y diálogo.

La acusación judicial gira en torno a una supuesta usurpación de tierras. Sin embargo, para las comunidades indígenas el concepto mismo de “usurpación” resulta problemático cuando se aplica sobre territorios ancestrales ocupados mucho antes de la conformación del Estado argentino y del actual régimen de propiedad privada.

La criminalización de los pueblos indígenas

 

Lo ocurrido en Misiones forma parte de una tendencia más amplia que atraviesa distintos puntos del país. En las últimas décadas, numerosas comunidades indígenas fueron judicializadas bajo figuras como usurpación, resistencia a la autoridad o daños, en contextos donde reclaman reconocimiento territorial.

La criminalización funciona como un mecanismo político y simbólico: transforma un conflicto histórico por derechos colectivos en un problema penal individual.

En lugar de discutir la deuda histórica del Estado argentino con los pueblos originarios, se coloca a las comunidades en el lugar de “intrusas”, “ocupantes ilegales” o “amenazas al orden”.

Ese discurso suele ser acompañado por campañas mediáticas que presentan los reclamos indígenas como obstáculos al desarrollo económico, invisibilizando siglos de despojo y expulsión territorial.

La violencia institucional contra comunidades indígenas no es nueva en Argentina. Los pueblos mapuche, qom, wichí, guaraní y otros han sufrido desalojos, represión y asesinatos en distintas provincias. Los casos de Rafael Nahuel en Río Negro y Javier Chocobar en Tucumán son apenas algunos de los nombres que recuerdan el costo humano de estas disputas.

El contexto político nacional

 

La situación adquiere mayor gravedad en el actual contexto político argentino. La derogación de la Ley 26.160 por parte del gobierno de Javier Milei eliminó uno de los pocos instrumentos de protección territorial para comunidades indígenas.

Esa ley, sancionada en 2006 y prorrogada en varias oportunidades, suspendía desalojos mientras se realizaban relevamientos técnicos y jurídicos de los territorios comunitarios.

Aunque su aplicación fue parcial e insuficiente, constituía un marco mínimo de resguardo frente a los conflictos territoriales.

La eliminación de esa protección fue interpretada por organizaciones indígenas y organismos de derechos humanos como una señal de avance sobre territorios reclamados ancestralmente.

En ese escenario, casos como el de Puente Quemado II generan preocupación porque pueden convertirse en antecedentes para nuevos procesos de expulsión y judicialización.

El modelo extractivista y la disputa por la tierra

 

El conflicto de Misiones no puede entenderse sin analizar el modelo económico que domina amplias regiones de América Latina.

La tierra se convirtió en un recurso estratégico para industrias forestales, agronegocios, minería, turismo de elite y especulación inmobiliaria. Allí donde existen bosques, agua o biodiversidad aparecen intereses económicos que muchas veces chocan con las formas comunitarias de habitar el territorio.

Los pueblos indígenas suelen quedar en el centro de esa disputa porque conservan territorios que poseen enorme valor ambiental y económico.

En Misiones, la expansión forestal modificó profundamente la estructura social y ecológica de la provincia. Grandes corporaciones y grupos empresarios concentraron extensiones enormes de tierra mientras comunidades indígenas enfrentan condiciones de pobreza, precariedad habitacional y falta de reconocimiento territorial.

Paradójicamente, quienes históricamente protegieron el monte son muchas veces acusados de “ocupar” tierras que habitaron sus ancestros.

Espiritualidad, territorio y resistencia

 

Para el pueblo Mbya Guaraní, la defensa del territorio no es únicamente una reivindicación económica o jurídica. Se trata también de una defensa espiritual y cultural.

El monte representa un espacio sagrado donde habitan los ancestros, donde se desarrollan ceremonias y donde se transmite la memoria colectiva.

La destrucción del bosque implica también una ruptura de los vínculos culturales y espirituales que sostienen la vida comunitaria.

Por eso las comunidades hablan de “defender la vida” cuando resisten desalojos o desmontes.

En distintos encuentros latinoamericanos de espiritualidades indígenas y justicia climática, representantes Mbya denunciaron que la devastación ambiental y la persecución territorial forman parte de una misma lógica de explotación.

La lucha indígena aparece así profundamente vinculada a los debates contemporáneos sobre crisis climática, extractivismo y derechos humanos.

Silencios mediáticos y democracia

 

Uno de los aspectos más preocupantes del caso es el escaso tratamiento que reciben estos conflictos en los grandes medios nacionales.

Mientras ciertos hechos de inseguridad ocupan horas enteras de televisión, los operativos contra comunidades indígenas suelen aparecer minimizados, fragmentados o directamente invisibilizados.

La construcción mediática no es neutral. Cuando se omite la historia de despojo territorial y sólo se habla de “usurpación”, se legitima una mirada colonial donde los pueblos originarios aparecen como cuerpos extraños dentro de su propio territorio ancestral.

La democracia argentina mantiene todavía una deuda profunda con los pueblos indígenas. La Constitución Nacional reconoce la preexistencia étnica y cultural de los pueblos originarios y garantiza el derecho a la posesión y propiedad comunitaria de las tierras que tradicionalmente ocupan. Sin embargo, ese reconocimiento constitucional convive con prácticas estatales de exclusión, racismo institucional y violencia territorial.

Puente Quemado II: una advertencia para toda la sociedad

 

Lo que sucede hoy en Puente Quemado II no afecta únicamente a una comunidad Mbya Guaraní. Expresa una disputa más amplia sobre el modelo de país y sobre el sentido mismo de la democracia.

La pregunta de fondo es si la Argentina continuará profundizando un esquema de concentración territorial y extractivismo o si será capaz de construir formas más justas y plurales de convivencia con los pueblos originarios.

Cada operativo policial contra una comunidad indígena revela también el fracaso del diálogo político y la incapacidad estatal para resolver históricas demandas territoriales.

Mientras tanto, las comunidades siguen resistiendo.

Resisten en los montes, en las rutas, en los tribunales y en la memoria ancestral de un pueblo que sobrevivió a la colonización, a las campañas militares, al racismo estructural y a siglos de expulsión.

Puente Quemado II es hoy un símbolo de esa resistencia.

Y también una advertencia: cuando un pueblo originario es perseguido por defender su territorio, no sólo se vulneran derechos indígenas; se pone en cuestión la calidad democrática de toda la sociedad argentina.