Cada vez que el gobierno de los Estados Unidos movilizó marines, portaaviones, bases militares o ejercicios conjuntos en nombre de la “seguridad”, la “lucha contra el narcotráfico” o la “guerra contra el terrorismo”, detrás de esas palabras quedaron pueblos mutilados, soberanías intervenidas y riquezas naturales apropiadas. La historia contemporánea de América Latina, del Caribe y de buena parte del Sur Global está atravesada por esa experiencia dolorosa: cuando el imperio promete protección, lo que suele llegar es vigilancia, dependencia, disciplinamiento y violencia.
Por eso, cuando hoy se observan maniobras militares, entrenamientos de marines y despliegues estratégicos en Puerto Rico, no se trata simplemente de ejercicios rutinarios. Para los pueblos que conocen la historia de las invasiones y las ocupaciones, esas imágenes despiertan una memoria profunda. Porque ningún despliegue militar de gran escala es inocente. Ningún movimiento geopolítico de una potencia ocurre sin objetivos concretos. Detrás del discurso de la estabilidad siempre aparecen intereses económicos, rutas comerciales, control territorial, recursos energéticos y capacidad de dominación regional.
La historia lo confirma. En nombre de la libertad se invadió Irak y se destruyó un país entero. En nombre de la democracia se promovieron golpes de Estado en Chile, Guatemala, Honduras y tantos otros pueblos latinoamericanos. En nombre de la lucha contra el narcotráfico se militarizaron territorios completos en Colombia y México, mientras crecían la violencia, las desapariciones y el control sobre las economías locales. En nombre de la paz se instalaron bases militares cerca de acuíferos, reservas naturales, corredores marítimos y territorios ricos en minerales estratégicos.
Los pueblos aprendieron que cuando Washington habla de “amenazas”, muchas veces se refiere a gobiernos que no obedecen, a procesos populares que intentan recuperar soberanía o a países que buscan controlar sus propios bienes comunes. El petróleo, el litio, el agua dulce, la biodiversidad y las rutas oceánicas son hoy parte central de la disputa global. América Latina posee una enorme reserva de esos bienes estratégicos, y por eso vuelve a estar en el centro de las tensiones geopolíticas.
La presencia militar en el Caribe no puede analizarse fuera de ese contexto. Puerto Rico, convertido históricamente en enclave militar y colonia moderna, ha sido durante décadas un laboratorio de control geopolítico estadounidense. Desde allí se proyecta presencia naval, inteligencia regional y capacidad operativa sobre todo el Caribe. Los ejercicios militares no son sólo entrenamiento: son mensajes políticos. Son demostraciones de fuerza. Son advertencias.
El problema no es únicamente militar. Es cultural, económico y simbólico. Se intenta instalar la idea de que algunos pueblos necesitan ser tutelados; que las grandes potencias tienen derecho a decidir quién gobierna, qué modelo económico debe aplicarse y qué recursos deben abrirse al mercado global. Bajo el lenguaje de la seguridad se esconde muchas veces una lógica colonial.
Los pueblos latinoamericanos tienen memoria. Recuerdan las dictaduras sostenidas desde el exterior, los desaparecidos, las torturas, las persecuciones políticas y el saqueo económico. Recuerdan también cómo muchas veces las élites locales actuaron como administradoras internas de esos intereses extranjeros. Por eso la defensa de la soberanía sigue siendo una causa profundamente vigente.
Hoy más que nunca resulta necesario afirmar que ningún país tiene derecho a vigilar, disciplinar o intervenir sobre otro. Ninguna nación puede atribuirse el papel de policía mundial. Ninguna potencia puede arrogarse el monopolio de la democracia mientras financia guerras y sostiene sistemas de dominación.
Cuando los pueblos dicen “No nos cuides”, en realidad están diciendo algo mucho más profundo: déjennos decidir nuestro destino. Déjennos construir nuestras democracias, resolver nuestros conflictos, proteger nuestras riquezas y caminar con nuestros propios errores y esperanzas. La libertad no puede venir escoltada por portaaviones.
Hay una falsa protección que en realidad es dominación. Hay una paz que se sostiene sobre el miedo. Hay un orden que necesita bases militares, espionaje y amenazas constantes para mantenerse. Frente a eso, el Evangelio levanta otra palabra.
“No nos cuides” es entonces una oración colectiva. Es el grito de quienes no quieren tutela imperial. Es el clamor de los pueblos que prefieren la incertidumbre de la libertad antes que la tranquilidad de una cárcel vigilada.
Y porque los pueblos, aun heridos, siguen diciendo con dignidad profética:
No nos cuides.
No nos vigiles.
No nos ocupes.
Déjanos ser libres.