NO NOS CUIDES: La seguridad imperial y el derecho de los pueblos a vivir en paz

Enviado por COR Buenos Aires el Vie, 22/05/2026 - 14:15
Paz
Autoría
Gerardo Duré - SICSAL Argentina

 

 

Cada vez que el gobierno de los Estados Unidos movilizó marines, portaaviones, bases militares o ejercicios conjuntos en nombre de la “seguridad”, la “lucha contra el narcotráfico” o la “guerra contra el terrorismo”, detrás de esas palabras quedaron pueblos mutilados, soberanías intervenidas y riquezas naturales apropiadas. La historia contemporánea de América Latina, del Caribe y de buena parte del Sur Global está atravesada por esa experiencia dolorosa: cuando el imperio promete protección, lo que suele llegar es vigilancia, dependencia, disciplinamiento y violencia.

Por eso, cuando hoy se observan maniobras militares, entrenamientos de marines y despliegues estratégicos en Puerto Rico, no se trata simplemente de ejercicios rutinarios. Para los pueblos que conocen la historia de las invasiones y las ocupaciones, esas imágenes despiertan una memoria profunda. Porque ningún despliegue militar de gran escala es inocente. Ningún movimiento geopolítico de una potencia ocurre sin objetivos concretos. Detrás del discurso de la estabilidad siempre aparecen intereses económicos, rutas comerciales, control territorial, recursos energéticos y capacidad de dominación regional.

La historia lo confirma. En nombre de la libertad se invadió Irak y se destruyó un país entero. En nombre de la democracia se promovieron golpes de Estado en Chile, Guatemala, Honduras y tantos otros pueblos latinoamericanos. En nombre de la lucha contra el narcotráfico se militarizaron territorios completos en Colombia y México, mientras crecían la violencia, las desapariciones y el control sobre las economías locales. En nombre de la paz se instalaron bases militares cerca de acuíferos, reservas naturales, corredores marítimos y territorios ricos en minerales estratégicos.            No es casualidad. El imperialismo moderno ya no necesita siempre desembarcos masivos ni banderas flameando sobre palacios presidenciales. Hoy opera mediante endeudamiento, inteligencia militar, operaciones mediáticas, lawfare, condicionamientos financieros y presencia militar preventiva. La ocupación puede tomar formas “blandas”, pero sus consecuencias siguen siendo profundamente violentas.

Los pueblos aprendieron que cuando Washington habla de “amenazas”, muchas veces se refiere a gobiernos que no obedecen, a procesos populares que intentan recuperar soberanía o a países que buscan controlar sus propios bienes comunes. El petróleo, el litio, el agua dulce, la biodiversidad y las rutas oceánicas son hoy parte central de la disputa global. América Latina posee una enorme reserva de esos bienes estratégicos, y por eso vuelve a estar en el centro de las tensiones geopolíticas.

La presencia militar en el Caribe no puede analizarse fuera de ese contexto. Puerto Rico, convertido históricamente en enclave militar y colonia moderna, ha sido durante décadas un laboratorio de control geopolítico estadounidense. Desde allí se proyecta presencia naval, inteligencia regional y capacidad operativa sobre todo el Caribe. Los ejercicios militares no son sólo entrenamiento: son mensajes políticos. Son demostraciones de fuerza. Son advertencias. Muchos pueblos del continente perciben que existe una creciente hostilidad hacia Cuba y hacia cualquier experiencia política que desafíe el orden impuesto por Washington. El bloqueo económico contra la isla, sostenido durante décadas, constituye una forma de agresión permanente condenada internacionalmente. A ello se suma una narrativa de criminalización que intenta justificar cualquier forma de presión o intervención futura. El Régimen encabezado por Donald Trump es altamente nocivo para la paz mundial

El problema no es únicamente militar. Es cultural, económico y simbólico. Se intenta instalar la idea de que algunos pueblos necesitan ser tutelados; que las grandes potencias tienen derecho a decidir quién gobierna, qué modelo económico debe aplicarse y qué recursos deben abrirse al mercado global. Bajo el lenguaje de la seguridad se esconde muchas veces una lógica colonial. Por eso crece en muchos sectores del mundo la percepción de que Estados Unidos no aparece como garante de paz sino como uno de los principales factores de inestabilidad internacional. Las guerras interminables, las intervenciones extranjeras, las sanciones económicas unilaterales y la expansión militar global han generado desconfianza y resistencia. La paz no puede construirse desde la amenaza permanente.

Los pueblos latinoamericanos tienen memoria. Recuerdan las dictaduras sostenidas desde el exterior, los desaparecidos, las torturas, las persecuciones políticas y el saqueo económico. Recuerdan también cómo muchas veces las élites locales actuaron como administradoras internas de esos intereses extranjeros. Por eso la defensa de la soberanía sigue siendo una causa profundamente vigente.

Hoy más que nunca resulta necesario afirmar que ningún país tiene derecho a vigilar, disciplinar o intervenir sobre otro. Ninguna nación puede atribuirse el papel de policía mundial. Ninguna potencia puede arrogarse el monopolio de la democracia mientras financia guerras y sostiene sistemas de dominación. La humanidad necesita otro paradigma de relaciones internacionales: cooperación entre pueblos, respeto a la autodeterminación, integración regional, defensa de los bienes comunes y construcción de una paz basada en la justicia social. Porque no existe paz verdadera allí donde hay hambre, dependencia y ocupación.

Cuando los pueblos dicen “No nos cuides”, en realidad están diciendo algo mucho más profundo: déjennos decidir nuestro destino. Déjennos construir nuestras democracias, resolver nuestros conflictos, proteger nuestras riquezas y caminar con nuestros propios errores y esperanzas. La libertad no puede venir escoltada por portaaviones.

Hay una falsa protección que en realidad es dominación. Hay una paz que se sostiene sobre el miedo. Hay un orden que necesita bases militares, espionaje y amenazas constantes para mantenerse. Frente a eso, el Evangelio levanta otra palabra. Jesús de Nazaret nunca protegió desde arriba. Nunca ocupó territorios. Nunca impuso la fe mediante la fuerza. Nunca llamó legiones armadas para disciplinar pueblos rebeldes. Por el contrario, se acercó a los pobres, caminó entre los descartados y denunció el poder imperial de su tiempo. El Régimen Trumpista está reinventando la  “Pax Romana” que  prometía estabilidad, comercio y seguridad. Pero esa paz estaba sostenida por la ocupación militar, los tributos abusivos y la crucifixión de quienes se rebelaban.  La doctrina de la seguridad nacional, tantas veces aplicada en América Latina, produjo mártires, desaparecidos y comunidades destruidas. Sin embargo, también despertó profetas. Obispos, religiosas, sacerdotes, militantes populares y comunidades enteras levantaron la voz diciendo que la seguridad de los poderosos nunca puede estar por encima de la vida de los pueblos.

“No nos cuides” es entonces una oración colectiva. Es el grito de quienes no quieren tutela imperial. Es el clamor de los pueblos que prefieren la incertidumbre de la libertad antes que la tranquilidad de una cárcel vigilada. En tiempos donde el miedo es utilizado para justificar militarización y control, la fe cristiana está llamada a anunciar otra seguridad: la seguridad que nace de la solidaridad, de la justicia social y de la fraternidad entre los pueblos.No necesitamos marines para cuidar la paz. Necesitamos pan para los hambrientos, tierra para los campesinos y pueblos originarios, dignidad para los trabajadores y respeto para las naciones soberanas. Porque allí donde los imperios levantan muros y portaaviones, el Evangelio sigue levantando mesas compartidas y comunidades de esperanza.

Y porque los pueblos, aun heridos, siguen diciendo con dignidad profética:

No nos cuides.
No nos vigiles.
No nos ocupes.
Déjanos ser libres.