La publicación del librito Los cristianos frente al neoliberalismo, editado por la ODHA, ha suscitado una polémica en torno al papel de la Iglesia en asuntos socioeconómicos. La libertad de expresión propicia la posibilidad de un debate, siempre en un clima de respeto y tolerancia. Los coros y corifeos insultativos, como señala Luz Méndez. de la Vega (Siglo Veintiuno, 10.5.97), contra los obispos e instituciones de la Iglesia, no responden al espíritu de diálogo, respeto y tolerancia que exigen los nuevos tiempos.
La Iglesia no es una comunidad ahistórica. Jesucristo la fundó, no para que sea un refugio en medio de las tribulaciones del mundo, sino para que sea luz del mundo, sal de la tierra, fermento en medió de la masa. Es decir, la Iglesia tiene la misma misión de Jesús: hacer presente el Reino de Dios en la historia. Pero, ¿qué es el Reino de Dios? Es la soberanía-reinado- de Dios en toda la realidad humana. Dios reina donde se le reconoce como Padre y Creador, donde se cumple su voluntad y donde todos se tratan como hermanos; es decir, donde hay amor y justicia. La injusticia,la explotación humana, la exclusión... son negación del Reino. El Reino de Dios es la transformación del ser humano y del mundo, según el sueño eterno de Dios. Es la construcción de un hombre y mujer nuevos, libres, justos, solidarios, y de una nueva humanidad. El Reino de Dios abarca todas las dimensiones humanas: lo espiritual, lo ético, lo social, lo económico, lo político, lo ecológico, lo cultural... Dios es el Señor que quiere reinar en todas las dimensiones de la vida. No podemos excluirle de ninguna. Eso sería idolatría. El Reino de Dios no se identifica con ninguna liberación humana, pero la implica. El Reino de Dios comienza a realizarse en la historia, pero su plenitud está más allá de la misma historia.
Es por eso que la Iglesia, como señala el Documento de Santo Domingo, aprobado por Juan Pablo II, debe ser signo de la presencia del Reino de Dios en la historia y conciencia crítica en el mundo, denunciando todo aquello que se oponga al proyecto de Dios. La Iglesia, al proclamar el Evangelio, raíz profunda de los derechos humanos, no se arroga una tarea ajena a su misión, sino, por el contrario, obedece al mandato de Jesucristo al hacer de la ayuda al necesitado una exigencia esencial de su misión evangelizadora (D.S.D. 165). Y denuncia la política de corte neoliberal que predomina hoy en América Latina porque profundiza aun más sus consecuencias negativas. Al desregular indiscriminadamente el mercado, eliminarse partes importantes de la legislación laboral y despedirse trabajadores; al reducirse los gastos sociales que protegían a las familias de trabajadores, se han abierto aún más las distancias en la sociedad (D.S.D. 179). El Papa Pablo VI califica al capitalismo liberal de «nefasto sistema» porque «considera el provecho como motor esencial del progreso económico, la competencia como ey suprema de la economía, la propiedad privada de los medios de producción como un derecho absoluto, sin límites ni obligaciones sociales». (Populorum Progressio, 26).
La Iglesia defiende el derecho a la propiedad privada, pero, sobre todo, el derecho de propiedad privada para los privados de propiedad. Porque, paradógicamente, los que más hablan el derecho de propiedad privada son los que acaparan la propiedad, privando a las mayorías de este derecho, incluso pagando salarios de hambre. Dice Pablo VI: La propiedad privada no constituye para nadie un derecho incondicional y absoluto. No hay ninguna razón para reservar en uso exclusivo lo que supera la propia necesidad cuando a los demás les falta lo necesario. El derecho de propiedad no debe jamás ejercitarse con detrimento de la utilidad común (Populorum Progressio, 23). Juan Pablo II lo expresa en los siguientes términos: El tema central del Magisterio social de la Iglesia es el destino universal de los bienes de la creación, tanto materiales como espirituales, que es anterior a cualquier forma concreta de propiedad privada... Es doloroso constatar cómo la tierra con todos sus bienes -que hemos comparado con un gran banquete al cual han sido invitados todos los hombres y mujeres-, en muchos aspectos, está todavía, por desgracia, en manos de unas minorías... Resulta aún más doloroso constatar cuántos millones quedan excluidos de la mesa de la creación... Cinco siglos de presencia del Evangelio en aquel continente no han logrado aún una equitativa distribución de los bienes de la tierra... Por consiguiente, se ha de promover una generosa reforma de las estructuras económicas y de las políticas agrarias... (Juan Pablo IL, Llamados a compartir la mesa de la creación, 29,VI,1991).
El Magisterio de la Iglesia insiste en que no basta la caridad. Es necesaria también la justicia. Si por la caridad se curan las heridas, por la justicia se evitan éstas. No basta, por tanto, limosnas y obras sociales de carácter asistencial, sino que, como señala Pablo VI: Urge transformaciones audaces y urgentes por parte del Estado, porque la sola iniciativa individual y el simple juego de la competencia no son suficientes para asegurar el éxito del desarrollo. No hay que arriesgarse a aumentar todavía más la riqueza de los ricos y la potencia de los fuertes, confirmando así la miseria de los pobres (Popularum Progressio, 32 y 33).
Publicado en Siglo Veintiuno, 31.5.97