Agenda Latinoamericana

Desde sus primeras ediciones, nuestra Agenda se declaró «al servicio de las Grandes Causas» [...] la Causa Indígena, la Causa Negra, la Causa Popular, la Causa de la Mujer y la Causa Ecológica. A partir del año 2000 [...] a otras Grandes Causas, latinoamericanas y de todo el mundo: la Patria Mundial, el diálogo de culturas, el diálogo de religiones, la democracia, la recuperación de la política, un socialismo nuevo, la crisis climática planetaria, la propuesta indígena del Sumak Kawsay, la libertad, los derechos humanos, la igualdad, la propiedad, la ecología integral, la igualdad de género [...]

[...] Las Grandes Causas, tan políticas ellas, no lo son todo, aunque todo tiene que ver con ellas. Ha habido muchas zonas en nuestras vidas, y en la realidad, a las que, quizá por una falta de visión nuestra, parecía que no alcanzaban a llegar esas Causas tan grandes.

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«Lo político no lo es todo», efectivamente. Ni lo macroeconómico, ni las reformas estructurales, ni las Grandes Causas, solas ellas, dan cuenta de todo lo que en realidad es genuinamente «grande»: en valor en sí mismo, en dignidad, o en otro nivel, en otra longitud de onda... aunque sea algo ‘pequeño’ en tamaño, en número, en apariencia, o en eficacia política. Tenemos que redescubrir que las Grandes Causas también están comprometidas en todo ese inmenso ámbito de «lo pequeño», de nuestro día a día, de lo personal-privado, de la intimidad, de lo familiar, de las amistades, de la casa, la vivienda, el entretenimiento, el ocio... En todo ello debemos ser, insobornablemente, militantes permanentes de las Grandes Causas, para que seamos completos, enteros, holísticos. En esta nueva edición, de 2019, para redondear y completar su mensaje, la Agenda quiere llevar nuestra atención a este ámbito de lo pequeño, de lo habitualmente dejado de lado, lo tradicionalmente invisibilizado, lo olímpicamente olvidado... como si no existiera. Las Grandes Causas se juegan también –no «sólo»– en lo pequeño.

Entresacado de la Presentación del tema por José María VIGIL y Pedro CASALDÁLIGA