Paz...¿Cuál Paz?

Enviado por Secretaría SICSAL el Mié, 15/07/2020 - 21:22
Entrega de Armas de las Farc-Ep a la ONU
Autoría
P. Javier Giraldo Moreno, S.J

<p>Publicamos éste análisis sobre el proceso de paz en Colombia del Defensor de Derechos Humanos, el sacerdote Jesuita Javier Giraldo Moreno, quien hace parte de la construcción de&nbsp;&nbsp;la Alianza ConVida20. Consideramos de&nbsp; suma importancia su reflexión para la Comisión de Trabajo "Construcción de paz,&nbsp;Noviolencia y militarismo" de la Alianza. En ella un agudo análisis de los límites de los acuerdos logrados entre gobierno y las FARC-EP,&nbsp; y del modo como el gobierno fue "haciendo trizas" el acuerdo&nbsp; al que habían llegado.&nbsp; Al final &nbsp;&nbsp;todo un itinerario de lo que debe ser una construcción de paz. Fue&nbsp;publicado originalmente en su portal web www.javiergiraldo.org</p>

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<p><span><span>[Estas reflexiones fueron escritas para ser presentadas en el Foro Internacional: “Paz…. Cuál Paz?”, programado para el 18-20 de marzo de 2020 en Bogotá, en el Congreso Nacional y la Universidad Nacional, evento cancelado a causa de la pandemia Covid-19]</span></span></p>

<p><span>Se suele hablar de paz cuando se logra la solución de un conflicto. Pero esa solución puede consistir en abordar las causas del conflicto y llegar a un acuerdo entre las partes enfrentadas, de modo que ambas queden satisfechas, o en imponer y lograr que se acepte la posición de una de las partes contra la voluntad de la otra, lo cual lleva a una paz forzada, imperfecta o aparente, que continúa obrando como germen de nuevos conflictos.</span></p>

<p><span><span><strong>Espectro de una heredada médula violenta</strong></span></span></p>

<p><span>El conflicto armado colombiano es inseparable del conflicto social. Desde la independencia de España, el tipo de nación o república o Estado que se fue configurando llevaba el conflicto en su misma médula, como una fuerza congénita. Las tierras, riquezas y beneficios se repartieron como conquistas a los oficiales combatientes en la guerra de independencia. A los indígenas se les desconoció su tradición de propiedad colectiva de la tierra y se buscó someterlos a un régimen de propiedad privada negociable, el cual fracasó y obligó a devolverles a medias los resguardos, no sin calificarlos oficialmente como “salvajes” (Ley 89 de 1890), marginados de la civilización y considerados prácticamente como <em>menores de edad</em>. En el siglo que sucedió a la “independencia”, el acaparamiento de tierras baldías adjudicadas por el Estado fue escandaloso, produjo la concentración de monstruosos latifundios en muy pocas manos y el problema de las masas campesinas sin tierra fue degenerando en una esclavitud de hecho y en verdadera tragedia, originando éxodos interminables hacia tierras inhóspitas de difícil sobrevivencia. Las pugnas entre cacicazgos regionales llevaron a que en el siglo siguiente a la independencia se desarrollaran 9 guerras civiles nacionales, 14 guerras regionales y numerosas revueltas locales. El Estado nacional nunca ha dejado de ser profundamente conflictivo por la desigualdad económica que arrastra y por las luchas por mantener en el control del Estado a élites ricas y poderosas cuyas fracciones se enfrentan y se reconcilian intermitentemente de acuerdo a sus mezquinos intereses.</span></p>

<p><span>Pero la gran contradicción o <strong>conflicto eje </strong>se ha dado entre la élite gobernante o dirigente del país y la grandes mayorías pobres y medias, incluyendo allí las colectividades étnicas. Para defenderse del reclamo y del inconformismo, la capa dirigente se dotó desde muy temprano de fuertes armas ideológicas que estigmatizaron, desprotegieron legalmente y sometieron a procedimientos opresivos, represivos y destructivos a quienes impulsan movimientos sociales en favor de un modelo más justo. La Iglesia Católica sirvió de puntal ideológico en ese conflicto por su anti-comunismo radical, erigido como principio constitucional en la Constituyente de 1953 (Acto Legislativo # 6) y en sus proyecciones legales, como la Ley 334 de 1956 que creó 13 delitos de colaboración con el comunismo, cuyos sindicados fueron sometidos a consejos verbales de guerra en la justicia penal militar. Por su parte, Estados Unidos asumió el monitoreo de la seguridad nacional desde los años 50 e implementó en el país los peores instrumentos militares y policiales para destruir a los inconformes bajo los pretextos de <em>guerra fría, enemigo interno, seguridad nacional, subversión o terrorismo e infiltración hemisférica </em>y luego bajo el camuflaje ficticio de<em> “narcotráfico”</em>. Esto hizo que los códigos legales se diseñaran y redactaran en función del conflicto así configurado, siguiendo la polaridad <em><strong>Estado/Enemigo </strong></em>o las pautas del<em><strong> Derecho Penal de la Exclusión.</strong></em> </span></p>

<p><span>En los años 80 del siglo XX, la penetración progresiva de los principios de la globalización económica neoliberal y simultáneamente del narcotráfico, lleva a reconfigurar las élites de control del Estado, fusionando en gran parte las aristocracias partidistas del pasado con los modernos empresariados transnacionales y mafiosos, mientras los Estados Unidos encontraban en la represión externa y selectiva al narcotráfico nuevos pretextos para destruir los movimientos que apuntaban a cambios sociales o asumían rasgos anti-imperialistas. Al mismo tiempo, en los años 80 se iniciaron en Colombia procesos de paz o de negociación con las insurgencias.</span></p>

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