Testamento del Hermano Obispo Arturo Lona Reyes. Adiós pastor y profeta de Latinoamerica, Obispo de los pobres.

Enviado por Ceipes el Lun, 02/11/2020 - 02:25
Consciente de mi condición de hijo de Dios, con toda la libertad que me da la experiencia del amor y servicio a mis hermanos, como maestro, profeta, pastor,  cediendo mi voluntad a Dios y al hombre pobre, me pongo en las manos del Padre del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.  …
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Obispo Arturo Lona Reyes

Consciente de mi condición de hijo de Dios, con toda la libertad que me da la experiencia del amor y servicio a mis hermanos, como maestro, profeta, pastor,  cediendo mi voluntad a Dios y al hombre pobre, me pongo en las manos del Padre del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

… Soy fruto de la cultura que se fue conformando en el siglo XX en nuestro naciente país después de la revolución. Era un niño en la guerra cristera; joven espectador de un mundo que se confunde con la violencia en la segunda guerra mundial; de organizaciones mundiales y americanas que se construyeron para bien de la humanidad. Fui influenciado por los cambios sociales como la revolución cubana, el movimiento juvenil de Praga, París y México 68 coartado por el poder, los golpes de estado en América Latina, la convulsión centroamericana. (También por) los cambios eclesiales generados por la reunión de Río de Janeiro, el Concilio Vaticano Segundo, la Populorum Progressio, Medellín, la Evangelii Nuntiandi, la muerte de mi amigo Monseñor Oscar Arnulfo Romero del grupo de Obispos Amigos; el sueño de Martin Luther king “soñé que todos somos hermanos” y decía: “no me preocupan los gritos de los violentos sino el silencio de los buenos”; la propuesta pacífica de libertad de Mahatma Gandhi, la Conferencia de Puebla, la colegialidad de la Región Pacífico Sur, el contacto directo cotidiano con los hermanos indígenas y, sobretodo, influenciado, marcado, animado, impugnado por el Evangelio de Jesús de Nazaret, que leo, medito e intento vivir día a día. 

(Fui) ordenado sacerdote para la Diócesis de Huejutla el día 15 de agosto de 1952, consagrado obispo para esta Diócesis de Tehuantepec el día 15 de agosto de 1971 por Mons. Manuel Jerónimo Yerena y Camarena. Hasta hoy el único obispo ordenado en la catedral de Tehuantepec. Conscientemente escogí para mi consagración total la fiesta de la Asunción proclamando, junto con todas las generaciones, las obras grandes que Dios ha hecho por medio de la sencillez de María, haciendo mío su cántico como un himno de libertad para el pobre, el oprimido, el indígena “pobre entre los pobres” y de repudio al egoísmo que hace más grande la brecha entre pobres y ricos, más pobres y cada vez más empobrecidos, y menos ricos que cada día acumulan más.

.. Llegué (aquí) a una tierra especial, “el trópico cálido y bello Istmo de Tehuantepec”; la recorrí de un lado a otro, pueblo por pueblo. Fui acercándome, conociendo a la gente, las culturas, la geografía. Me acerqué a los sacerdotes, seminaristas; traté de entenderles, animarles, servirles. Invité a amigos sacerdotes, religiosas, seminaristas, a venir a la Diócesis Misionera. También invité a laicos e iniciamos las asambleas diocesanas. 

En este tiempo nuevo para mí, inicié mi proceso de conversión, proceso que continúa hasta hoy. Recuerdo la tercera Conferencia Episcopal Latinoamericana de Puebla, reunión a la que (yo) debería de haber asistido por ser presidente de la Comisión de Pastoral Indígena de la Conferencia Episcopal Mexicana, pero hubo fuerzas extrañas que lo impidieron. Ahí, en las conclusiones, los obispos dejamos constancia escrita en el mensaje a los pueblos de América Latina, de nuestra falta de compromiso: “pedimos perdón, también nosotros pastores, a Dios y a nuestros hermanos en la fe y en la humanidad”, petición de perdón hecha en 1979, (cuando) habían transcurrido once años desde la conferencia de Medellín. Hoy a treinta y dos años la retomo, la hago mía: “perdón por mi falta de compromiso y testimonio”. 

En mi proceso de conversión me anima el ejemplo de S.S. Juan Pablo Segundo, .. quien en una de mis visitas ad límina me dijo:” tu trabajo pastoral no es comunismo”, cuando él evaluaba mi trabajo pastoral y el trabajo de todos en esta nuestra Diócesis de Tehuantepec porque siempre he buscado el trabajo en equipo. Y en su homilía del 12 de marzo en el jubileo del año dos mil nos señaló: “¡perdonemos y pidamos perdón! ¡por las infidelidades al Evangelio, las divisiones entre cristianos!”. Siete cardenales con él pidieron perdón en el acto penitencial por los pecados que se cometieron al difundir el cristianismo lejos del camino de Jesús. Además de los pecados históricos también pidió perdón por los pecados actuales como el secularismo… Esta petición de perdón llega hasta nuestros pueblos indígenas porque junto a la evangelización vino también la opresión, la esclavitud. Hago mía esta petición de perdón a los pueblos de las ocho culturas de nuestra diócesis y las culturas indígenas desaparecidas de América. 

También quiero pedir perdón si he sido piedra de escándalo, y por lo que haya causado, por pequeño que sea el daño, a cualquier hermano o hermana de la diócesis. Perdono a quienes se opusieron a mi trabajo evangelizador y a quienes me quisieron arrancar la vida en tantos atentados que tuve. El gozo del perdón dado y recibido me haga crecer en una de las más grandes virtudes de Jesús manso y humilde de corazón, que hace nuestra carga más ligera: la humildad. Virtud que me hace tener una actitud de igualdad con mis hermanas y hermanos sirviéndoles alegremente. Por consecuencia (pido) un perdón por parte de los sacerdotes para mi persona, porque, aunque me extremé en el encarecido cuidado especialmente de los más necesitados de mis colaboradores en el presbiterio, en diversas ocasiones no fui el pastor ni el hermano ejemplar. Así como le perdono a cualquier hermano sacerdote que me haya faltado. Una palabra muy especial a los hermanos sacerdotes: no permitamos que viejos resentimientos nos arrastren al fondo. Hoy estamos construyendo una vida mejor y más llena de amor. Gracias, hermanos, porque sabemos perdonarnos, y así nos estamos liberando del dolor. 

Participé del ministerio a un buen número de sacerdotes ordenando sesenta y cinco para la diócesis. Algunos ya participan de la gloria del Dios. Otros se marcharon a otras diócesis. La mayoría trabaja entre nosotros. También conferí el sacramento a religiosos de los Oblatos de María Inmaculada, Misioneros de Guadalupe, Dominicos y Del Espíritu Santo. 

Soy hombre, varón, en continuo proceso de humanización y después de vivir desde mi juventud en el mundo indígena, primero como sacerdote y cuarenta años como obispo, la mitad de mi existencia en el servicio episcopal, como diaconía, como un poder que se vuelve servicio incondicional al pobre, al indígena, me siento con la libertad de decir que los amo a todos, y que amo las diferentes culturas indígenas con las que he convivido, las de México y del mundo; que amo a los hermanos y hermanas de la diócesis, Dios es amor. Es un privilegio servir e intercambiar, compartir en la diversidad de culturas, en las que han germinado las semillas del Verbo, y la evangelización da frutos de hermandad cristiana. El evangelizar no erosiona la vida, la dinamiza, porque la evangelización no es sinónimo de colonización. Evangelizar hace rebozar la vida del hombre para que viva bien y feliz. ¡No estamos lejos del Reino de los cielos! Continuemos alegres nuestro peregrinar, porque Dios es alegría.