Acaba de comenzar el nuevo año y ya hemos entrado en otro conflicto político-militar. Venezuela vuelve a ocupar el centro de una tormenta geopolítica que desborda sus fronteras. La agresión militar de Estados Unidos contra el territorio venezolano, acompañada del secuestro de su presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, el asesinato de más de 80 personas y ataques a infraestructuras, han sido denunciadas por defensores de derechos humanos, sectores académicos, sociales, políticos y religiosos de todo el mundo, como una acción contraria al derecho internacional. Trump acusa a Maduro de narcotraficante sin pruebas, sin embargo, poco antes indultó al expresidente de Honduras Juan Orlando Hernández, condenado a 45 años de prisión en Estados Unidos por narcotraficante.
Venezuela viene atravesando con Maduro una situación política, social y económica profundamente crítica, en gran medida debido al bloqueo norteamericano. Ha habido falta de respeto de los derechos humanos y se realizaron elecciones poco transparentes. Pero ninguna de estas realidades pueden ser utilizadas como excusa para una agresión militar extranjera. El derecho internacional es claro: los problemas internos de un país deben resolverse mediante el diálogo político, los mecanismos democráticos y la cooperación internacional, no mediante bombardeos, secuestros de autoridades o imposiciones por la fuerza.
Cuando una potencia imperialista, como Estados Unidos, decide intervenir militarmente, no lo hace para proteger derechos humanos, sino para imponer de modo inhumano sus intereses estratégicos, económicos y geopolíticos. A Estados Unidos no le interesa los venezolanos sino los recursos naturales, el control del petróleo y la minería de Venezuela. Así lo hemos visto en Libia, Afganistán, Irak y Siria. Estas intervenciones militares terminaron dejando Estados fallidos y con mucho sufrimiento en los pueblos.
La agresión contra Venezuela no es solo un ataque a un país concreto: es un precedente extremadamente peligroso y una amenaza para toda la humanidad. Si se normaliza que una potencia militar pueda atacar, secuestrar dirigentes y decidir el futuro de un pueblo sin el aval de los organismos internacionales, ninguna nación está a salvo. Si no hay respeto al derecho internacional y cada potencia hace lo que se le antoje, iríamos hacia un colapso global.
Desde la ética de los derechos humanos, esto supone una regresión histórica. Se debilitan principios fundamentales como la soberanía, la autodeterminación de los pueblos y la prohibición del uso de la fuerza, principios construidos tras la Segunda Guerra Mundial para evitar que la humanidad repitiera aquellas tragedias que dejaron 60 millones de muertos.
Asimismo, desde una espiritualidad hay que señalar que la paz es una exigencia ética radical que implica justicia social, verdad y respeto entre los pueblos. No puede construirse sobre la humillación, el saqueo de los recursos, el castigo colectivo ni la ley del más fuerte.
La espiritualidad auténtica reconoce que la vida humana es sagrada. Por eso, no puede bendecir guerras “preventivas”, ni justificar agresiones militares en nombre de una supuesta democracia impuesta a sangre y fuego.
Nunca está justificada la guerra. Jesús rechaza el uso de la fuerza de las armas. No se puede justificar la guerra, generando más sufrimiento en el pueblo y violando el mensaje del Evangelio. Es lamentable que algunos utilicen el nombre de Dios para matar, como es el caso de Netanyahu en Gaza.
Hoy, desde una mirada que integre política, ética, derechos humanos y espiritualidad, es necesario afirmar con claridad que hay que exigir el respeto a los derechos humanos en Venezuela, pero no mediante la guerra sino por el diálogo, la mediación diplomática y las soluciones políticas, nunca por la violencia armada.
La agresión del 3 de enero no solo amenaza a Venezuela. Amenaza la paz mundial. Callar ante ello es aceptar que el mundo vuelva a regirse por la ley del más fuerte. Desde la ética y la espiritualidad no podemos permanecer en callados ante esta violación del derecho internacional y la injusticia, que golpea a toda la humanidad. Defender la paz y denunciar la injusticia es un acto profundamente humanista y espiritual. “Porque cuando cae una bomba sobre un pueblo, se daña a la humanidad entera”, en palabras de José Vázquez Mosquera. La paz es fruto de la justicia, del respeto a los derechos humanos, del derecho internacional y de la fraternidad universal.
Publicada en el Diario La Verdad (Murcia) 20-01-2026