29 aniversario del asesinato jesuitas de la UCA

Enviado por CorValladolid el Dom, 18/11/2018 - 18:15
Ofrenda floral ante el monolito dedicado a los jesuitas vallisoletanos.
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Manuel Jesús Romero. OP Comité Óscar Romero, Valladolid

Foto publicada en El Norte de Castilla 18-11-2018

En el 29 aniversario del asesinato-martirio de 6 jesuitas, 2 de ellos vallisoletanos, y 2 mujeres en la Universidad Centroamericana de El Salvador.

Era de madrugada cuando se presentaron los Escuadrones de la Muerte en el recinto de la Universidad Centroamericana de El Salvador. Mataron a 8 personas, seis hombres y dos mujeres: Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró, Amando López, Juan Ramón Moreno, Joaquín López, Elba y Celina Ramos. Vivían en la misma casa. Todos los varones eran jesuitas, las mujeres, madre e hija, del servicio doméstico. Aquella matanza del 16 de noviembre no ha sido olvidada, como no se olvidan sus trabajos y luchas por la libertad y los Derechos Humanos. Aquella lucha sigue viva hoy y su memoria también.

El cristianismo es la religión de la Memoria, la fe que recuerda y actualiza los acontecimientos fundamentales, de esos que marcan, en la vida de esta humanidad sedienta de sentido y hambrienta de justicia y de verdad. La Memoria, cuando se proyecta a la esperanza, es lo que hace fuerte a un pueblo porque entonces su historia tiene un propósito, un fin y un sentido. Hace pocos días decía el Papa Francisco: “La memoria nos hace entender que no estamos solos, que somos pueblo. Un pueblo que tiene pasado, memoria. Memoria de tantos que compartieron un camino con nosotros”. Luego la memoria es cuestión de muchos, de vivos y muertos, y no se refiere tanto al pasado ni al futuro como al sentido del presente. Memoria y vida, en cristiano, van juntas de la mano.

Para todo el pueblo cristiano, pero particularmente para el pueblo pobre de Centroamérica y específicamente para el pueblo salvadoreño, este año está siendo especial. Monseñor Romero, San Romero de América, Pastor y Mártir, ha sido canonizado por el Papa Francisco hace unos días. Fue martirizado el 24 de marzo de 1980 mientras celebraba la eucaristía. En vida, como arzobispo, fue la voz no sólo de los pobres y marginados, también de los silenciados. Sus homilías dominicales en la Catedral de San Salvador son un verdadero monumento del cristianismo latinoamericano y mundial. Monseñor Romero vive, y ahora con más brillo, en medio de su pueblo, en medio de toda la Iglesia.

La lucha por la dignidad y los Derechos Humanos está lejos de haber terminado. En estos momentos una caravana de centroamericanos pobres y desesperados están camino de la frontera de Estados Unidos. Huyen de la hambruna, de la miseria, de la desesperación y de la violencia, que ha tomado buena cuenta de la mayoría de los países centroamericanos, El Salvador incluido. En su desesperación, sueñan para sus hijos un lugar mejor en el mundo donde vivir. No sabemos cómo terminará esta marcha en pos del sueño americano, lo que sí ya ha cosechado es la simpatía de los campos, comunidades, ciudades e iglesias por donde ha pasado. Han recogido muchas muestras de cariño, comprensión y solidaridad. El gobierno mexicano, por otra parte, ha mostrado su preocupación y su deseo de que se autodisuelvan, incluso les ha ofrecido residencia y trabajo, pero la marcha, ya en varios grupos, de mujeres, niños y hombres parados, sigue hacia su destino. El presidente de los Estados Unidos ya ha advertido que no pasarán y ha movilizado, por primera vez en la historia de los Estados Unidos, al ejército regular; ya han empezado a llegar a la frontera con México para contenerlos e impedir su paso a la nación norteamericana. Esta situación constituye un nuevo ‘signo de los tiempos’ que nos está tocando vivir.

No es para dudar que la lucha por la que murieron aquellos mártires asesinados hace 29 años forma parte del mismo proceso histórico de larga duración. La ciudad de Valladolid tiene un compromiso especial con aquellos mártires y con sus luchas, sueños y esperanzas, pues dos de los asesinados, Ignacio Martín-Baró y Segundo Montes, eran paisanos nuestros. Hace años que el Ayuntamiento de la ciudad les ha dedicado un monolito, una estela, un monumento para recordarnos a sus personas y la lucha que encarnaron y por la cual murieron. El 17 de noviembre celebraremos en ese mismo monolito un cariñoso homenaje a sus personas y a sus compromisos históricos y con ellos a los de tantos hombres y mujeres que día a día se comprometen, trabajan y se esfuerzan, incluso a riesgo de sus vidas, por construir un mundo más humano, fraterno y solidario, por construir nuestra casa común, la casa de todos y todas.

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