Hace más de 3.000 años en el Sinaí sonó un misterioso mandamiento: “No tomarás el nombre de Dios en vano”. Y otro: “No matarás”. Mandamientos reconocidos por las religiones monoteístas. Sin embargo, el fanatismo religioso con frecuencia cae en la tentación de utilizar el nombre de Dios para agredir y justificar la violencia y la guerra.
A lo largo de la historia se ha utilizado el nombre de Dios para destruir al adversario. Ahí tenemos las cruzadas, las conquistas y reconquistas, las guerras de religión, la inquisición… En España fuimos testigos de la bendición por parte de la jerarquía católica de la guerra civil, surgida de un golpe de estado, calificándola de Cruzada.
En la actualidad, la oficina oval de la Casa Blanca se convirtió en un lugar de culto. Una veintena de pastores del evangelismo fundamentalista se juntaron el 6 de marzo para ofrecer oraciones pidiendo sabiduría y protección de Dios para Donald Trump y para las fuerzas armadas. Imágenes y videos del evento muestran a varios líderes religiosos colocando sus manos sobre Trump, sentado y en aparente concentración, con sus ojos cerrados.
Asimismo, los ayatolas en Irán y grupos yihadistas invocan a Alá Dios para salir ganadores en el conflicto. Y en Israel, su primer ministro Benjamín Netanyahu, utiliza textos bíblicos para justificar el criminal genocidio en Gaza y los bombardeos en Líbano. Y para colmo, aquí en España, muchos dirigentes políticos de la derecha, llamándose católicos, justifican las masacres de Israel o al menos no las condenan. ¿Qué Dios es éste, que es utilizado por unos y por otros? ¿A quiénes escuchará Dios?, ¿de parte de quien está?
El Dios que nos revela Jesús de Nazaret es un Dios de Amor. “Dios rechaza las oraciones de quienes inician guerras y las justifican”, dice León XIV. Y el patriarca latino de Jerusalén, cardenal Pizzaballa dice: "Dios está con las víctimas inocentes que mueren en la guerra, no con los que abusan de su nombre", refiriéndose al gobierno israelí.
Dios está con las víctimas. Él está con la humanidad sufriente, en los niños y niñas masacrados en Gaza, en Líbano, en Irán, en Sudán, en las mujeres que lloran a sus esposos e hijos muertos, en los refugiados que se ven forzados a abandonar su tierra. Y sobre todo, Dios está en todos hombres y mujeres que trabajan por la paz. Así nos lo dice Jesús. “Bienaventurados los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios”.
Viviendas, hospitales y escuelas destruidas. Hambre y muerte. Las víctimas de las guerras son los crucificados de hoy que con Jesús claman: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. La resurrección de Jesús es la respuesta de Dios al grito de la humanidad sufriente y también la condena de los que utilizan su nombre para matar, que es la mayor blasfemia contra el Dios de la Vida y del Amor. “¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra! La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida” (León XIV).
El fanatismo religioso es una repolitización de las religiones monoteístas. Es una utilización de Dios convertido en una ideología o en una verdad emocional y en un ídolo de intereses personales o nacionales. Lo religioso y lo patriótico es un sentimiento fanático que ignora la razón crítica, en palabras de Avelino Seco. Las guerras son fruto del egoísmo humano, de la ambición de poder y de intereses económicos y geopolíticos de los poderosos de este mundo, quienes dominan, asimismo, la industria armamentística, que es la que sale siempre beneficiada de las guerras a costa de la destrucción y la sangre de millares de personas. Y para colmo, con frecuencia las envuelven con justificaciones religiosas. La guerra siempre es rechazada por Dios. Solo el diálogo y la negociación diplomática es el camino para la solución de conflictos. La esencia de las religiones no es el odio ni la venganza ni la violencia, sino la paz que nace de la justicia, del bien común y de la fraternidad universal. Este es el camino.